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¿Cómo implantar en la Tierra la Era de Luz?
(artículo de Moacir Sader –
Setiembre-2006)
<<Traducción y adaptación:
Profesora Luci Meire Jacó da Silva>>
El paraíso
celestial ha sido prometido para después de la muerte, por la mayoría de las
religiones desde hace siglos. Actualmente, vemos una gran difusión de esa
promesa, porque hay una proliferación de iglesias y sectas que tienen esa línea
doctrinaria.
Un hecho curioso
pasa en las periferias de las grandes metrópolis, donde se están cerrando los
bares y reemplazándolos por innúmeras iglesias que llevan las más diversas
denominaciones.
Para alcanzarse al
futuro paraíso, de acuerdo con estas enseñanzas religiosas, se hace necesario
y fundamental aceptar las más diversas normas habidas allí, y a pesar de que
en su gran mayoría las intitulan como “divinas”, no pasan de normas humanas
o de interpretaciones bíblicas equivocadas.
Si por un lado el
ser humano está ávido por una reestructuración espiritual con el divino, por
otro, numerosos charlatanes están asomándose con la intención de atrapar y
sacar provecho de estas personas, principalmente a través de recaudaciones
financieras.
Lamentablemente, esa
maniobra religión/comercio, ha crecido en larga escala. La evidencia se puede
ver en la enorme cantidad de templos y religiones que hay y que no paran de
crecer a cada día. Me parece que están transformando las personas en “iglesistas”.
Les pido disculpas
por la creación de una nueva palabra: “iglesistas”, pero pienso que este término
muestra el verdadero sentido que están dando a la espiritualidad hoy: un
sentido de ritual y de mucho comercio.
Están viciando a
las personas en frecuentar iglesias, ilusionándolas y creando en ellas una
falsa esperanza de que, con una frecuencia asidua (casi que diaria), sumada al
pago de diezmos y otras contribuciones más (el principal objetivo al fin),
lograrán garantizar su futuro en el paraíso.
Resulta que el paraíso
no está en un lugar fijo y distante, en otro tiempo y espacio, en otra dimensión.
El paraíso es un estado de espíritu, una cuestión de corazón, de sentir y
vivir el amor incondicional.
De esta forma, el
paraíso precisa ser encontrado ahora, en nuestro interior, viviendo el amor de
forma plena y conectándose con la divinidad que existe en nosotros.
No debemos practicar
acciones esperando recompensas divinas ya que el cielo no está en venta. El
paraíso no se constituye en un premio a ser alcanzado con si hubiera un rally
existencial. Si así fuere, quien supiese las reglas de este juego, y fuese más
ágil, (para no decir más vivo), llevaría la delantera en esta carrera y
encontraría primero el camino y la llave del paraíso.
Vale recordar que en
Definitivamente, el
paraíso no está fuera de nosotros y sí, en nuestro interior. En nuestro ser
todos tenemos grutas que deben ser exploradas, descubiertas en el viaje
a tiempos ya recorridos, porque así nos deparamos con lo mucho que
erramos en nuestras vidas pasadas, y que fue lo que nos alejó cada vez más de
una otra parte que también llevamos adentro que es la gruta divina, y que
necesita urgentemente ser reencontrada.
No es que haya una
necesidad vital de recordarnos todos nuestros actos pasados, pero nuestra
intuición y nuestras tendencias negativas interiores, nos señalan las
innegables fallas anteriores de nuestro espíritu.
Basta tener esta
percepción para que sepamos de qué efectivamente necesitamos libertarnos y qué
debemos mejorar para hallar al fin, el camino que nos lleve al otro lado, al
amor divino que tanto nos espera en nuestro interior.
Debemos sostener una
mirada crítica hacia todas las religiones que han producido o motivado diversos
conflictos entre los pueblos y hasta absurdas guerras a lo largo de la historia
terrena.
Muchas religiones
terminan por transformarse, metafóricamente hablando por supuesto, en
agremiaciones futbolísticas: son competitivas, discriminatorias, y siempre están
buscando una forma de agrandar su hinchada (o sea, sus miembros participantes),
con intereses casi siempre comerciales, y eso, sin citar aquéllas que promueven
matanzas “en nombre de Dios”.
Hasta hay iglesias
que establecen metas de recaudación para sus líderes (¿o serían gerentes?),
con una participación porcentual en lo que recauden junto a los miembros de la
congregación.
Y cuando
resulta que las metas de recaudación no son alcanzadas en los plazos definidos,
el líder es echado de su puesto, siendo sustituido por otro más calificado y
entrenado. Para mí, esta es una visión puramente comercial, y porque no
decirlo: ¡un absurdo!
La idea del
diezmo nació de una interpretación terriblemente equivocada de las palabras de
Jesús. En determinado momento de la caminata del gran Maestro, algunos discípulos
decidieron recoger por su cuenta, donaciones en dinero de las personas que los
seguían.
Al consultaren al
Maestro por lo que habían hecho, Él los obligó inmediatamente a devolvieren
todo el dinero recaudado, diciéndoles: “Pues, dad al César lo que es de César
(los impuestos) y a Dios lo que es de Dios (la espiritualidad)”.
Ese diálogo
entre Jesús y sus discípulos puede muy bien haber acontecido espejando lo que
yo desarrollé en el capítulo “El poder de fe en la cura kármica”, porque
todo lo que Jesús valoraba, de acuerdo a los Evangelios bíblicos y apócrifos,
siempre estuvo relacionado a la evolución del espíritu y no preso a la materia.
De verdad lo que
realmente debe importarnos en la visión de todos los que de hecho, somos hijos
de Dios, es que todos somos hermanos, sea cual fuere la religión que profesemos,
o aunque no estemos ligados a ninguna de ellas.
Somos todos
carenciados de amor, carenciados en dar y en recibir amor, de una forma natural.
No me estoy refiriendo en convertir a mi semejante a una determinada religión,
pues eso no es amor, eso é una coacción, es una falta de respeto, una actitud
de total desamor.
Todos somos
necesitados del toque humano, del amor verdadero, espontáneo e incondicional.
Sólo el amor
es el camino. El verdadero amor, el que buscamos en nuestro interior, en nuestro
lado divino.
Ese singular
sentimiento nos hace renacer de las fallas pasadas, tocar a las personas con el
corazón, respetándolas, viéndolas libres y deseando la libertad para todos,
sobre todo la libertad espiritual.
Precisamos encontrar
la luz en nuestro interior, a nuestro brillo divino, que puede y debe ser
buscado ahora, en ese momento, para colaborar de forma efectiva con la luz de
amor de todo el planeta, transformándolo en el paraíso a través de la unión
de millares de luces de nuestros semejantes, pero esto aquí y ahora.
No habrá paraíso,
después de la muerte, si no lo alcanzamos ya en el tiempo en que vivimos. Para
eso, hace falta que nos purifiquemos de todo mal que ya hemos hecho en esta y en
nuestras vidas anteriores y que sigamos el camino para alcanzar el
objetivo mayor que es el sentir un amor incondicional hacia nuestros
semejantes y también a los animales y a nuestro planeta.
Jesús, mientras
estuvo entre nosotros, vivió de esta forma, practicando el amor incondicional.
Su luz divina interna iluminó a todos en su entorno, enseñando el camino que
debe ser seguido, sin la necesidad de iglesias y cultos, puesto que Él propio
nunca los frecuentó.
El Mesías declaró
ser el camino, la luz a ser seguida, Jesús quería con eso que entendiésemos
que necesitábamos (y aún necesitamos), seguir a ese camino, hallar a nuestra
luz interna y sacarla hacia fuera, llevarla hasta nuestro semejante y al
universo, tal como Él lo hizo.
Llegaremos a un
tiempo futuro aquí en
Esos elegidos serán
aquéllos que se conectaren con su divinidad interior, formando lazos de amor
con las divinidades de amor interior de sus semejantes en un puro amor
incondicional.
Así, cuando esas
personas partan de esta vida terrena, otros caminos dimensionales les surgirán
para que trillen en un proceso de evolución espiritual que trasciende a nuestra
actual capacidad mental de entendimiento, y al final de todo este proceso podrán
unirse, literalmente, con el Dios creador.
Y mientras todo esto
ocurre, los demás seguirán buscando el paraíso fuera de sí, en dogmas
religiosos sin sentido, que no visan la búsqueda interior del proceso
espiritual, y tan sólo se atan a rituales y actos puramente externos.
No debemos por lo
tanto, perder el tiempo con nuestra vida actual terrena, que se deshace de forma
rápida. Urge, entonces, la procura por la luz divina en nuestro interior, para
que de manos entrelazadas a los otros hermanos de luz, implantemos una nueva era
terrena, la era de luz del amor incondicional, el verdadero paraíso
aconteciendo efectivamente.
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